Las religiones hacen el acceso a Dios algo difícil y complicado. Le ponen a sus seguidores exigencias basadas en las creencias y sentir de sus líderes, quienes les imponen cargas a los  seguidores, las cuales exigen a los demás sin hacerlas ellos. «Y él dijo: ¡Ay de vosotros también, intérpretes de la ley! porque cargáis a los hombres con cargas que no pueden llevar, pero vosotros ni aun con un dedo las tocáis,» Lucas 11:46. La salvación de la condenación eterna no tiene nada que ver con religión alguna, llámenle incluso iglesia o cobertura ministerial.

La salvación personal es el resultado de una decisión íntima y conciente de obedecer a la verdad de Dios, plasmada en La Biblia su palabra. «Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.» 2 Timoteo 3:16-17. El problema con las religiones, está en la falsa interpretación y consiguiente aplicación de textos bíblicos a la vida practica diaria. Y es cuando surgen conceptos humanos de que se debe y que no se debe hacer para ser salvos se la condenación eterna. La salvación es por la fe y no por obra alguna.

Recuerdo las palabras de un líder religioso criticando según él, lo fácil que era ser salvos con la acción simple de creer y confesar nada mas. Pero la verdad y realidad bíblica es esa: Creer y confesar es mas qué suficiente, no importando lo mal que se haya actuado en el pasado. «Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.» Romanos 10:8-10.

¿Habrá algo que Dios no pueda o no quiera perdonar? No, no lo hay, todo es perdonado por El, sin importar nada de lo que se haya hecho, ni cómo haya sido hecho. «Él entonces, pidiendo luz, se precipitó adentro, y temblando, se postró a los pies de Pablo y de Silas; y sacándolos, les dijo: Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo? Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa.» Hechos 16:29-31. Creer era lo que este carcelero hizo, y al hacerlo tanto él como su familia fueron salvos. Su fe le abrió el camino de vida también para su esposa e hijos.

Lo primero es creer en el corazón. Para el judío el corazón es lo que para él griego es el alma. Allí está la mente con sus recuerdos y su capacidad de discenir entre lo bueno y lo malo, los sentimientos que se mueven entre el amor y el odio, las emociones que van de alegria a tristeza, y la voluntad que es la capacidad de decir sí o decir no.

No se trata de tener conocimiento de una verdad o de un hecho religioso únicamente. Es creer con fe, es tener convicción que lleva s la acción. «Pero Jesús, volviéndose y mirándola, dijo: Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado. Y la mujer fue salva desde aquella hora.» Mateo 9:22. Creer es hacer morir a la persona vieja y hacer nacer una nueva en palabra y en hechos. Creer no es saber de Dios, sino es conocerle, amarle y seguirle, renunciando a todo por El.

¿Y dónde ocurre todo eso? Pues en el corazón, es decir en nuestra alma. Recuerde que nosotros no somos cuerpo, sino somos almas con cuerpo porque al venir a la tierra, en el vientre de nuestra madre nos dieron un cuerpo. El cuerpo de cada persona es lo que vemos y tocamos para poder relacionarnos entre sí. Al morir lo que muere es el cuerpo, el alma sale del cuerpo al morir este. ¿Y hacia dónde va? «Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor (porque por fe andamos, no por vista); pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor.» 2 Corintios 5:6-8. El cuerpo no cree. Quién cree o rechaza a Dios y Su palabra, es el alma.

El cuerpo es el reflejo exacto de lo que hay en el alma. Nuestras palabras y nuestros hechos dicen exactamente lo que somos y tenemos en nuestro interior. «La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Así que, si la luz que en ti hay es tinieblas, ¿cuántas no serán las mismas tinieblas?» Mateo 6:22-23. Por supuesto que cualquiera puede astutamente aparentar ser, pero tarde o temprano saldrá a luz la verdad de su vida. Nadie puede vivir así mucho tiempo, porque en un pequeño descuido hará o dirá algo que evidencie su realidad.

Hemos creído y somos justificados por la fe,  es decir, no debemos nada a Dios. «Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.» Romanos 10:10. Es como si nunca hayamos cometido pecado alguno. Jesús murió por nosotros ocupando nuestro lugar, pagando el castigo que merecíamos nosotros al morir El. «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.» Romanos 5:1-2.

Por lo que habiendo creído, lo siguiente es confesar con la boca. «El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca.» Lucas 6:45. De allí lo importante de haber creído primero, para después confesar con la boca.

La confesión de que Jesús es nuestro Salvador personal y nuestro Señor nos trae salvación. ¿Cuándo ocurre? Cuando reconocemos nuestros pecados y se los confesamos a Dios, le pedimos perdón y nos apartamos. «El que encubre sus pecados no prosperará; Mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia.» Proverbios 28:13. La confesión es una decisión íntima y personal. Tiene que ver con nuestra voluntad. Nadie debe obligarnos ni empujarnos a la fuerza. Aunque sí hablarnos y enseñarnos acerca de Jesús y la vida cristiana como fruto del nuevo nacimiento.

«Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo.» Juan 3:3-7.

• Francisco Gudiel – FG –

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CITA DE LA SEMANA

«Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino.»

Salmos 119:105 RVR1960